domingo, 13 de septiembre de 2009

Lo acontecido.

Esta noche contaré lo que tantos ya me habéis preguntado, el motivo de mi desaparición. Para los que leáis esto sin haber conocido el anterior blog debéis saber que lo que aquí cuento ha ocurrido hace tan sólo unos meses. Debo decir que esta historia es larga y seguramente de las más increíbles para todos aquellos que cuestionan la veracidad de lo que cuento (que alguno había en el viejo blog, por lo que seguro lo habrá en este, y me parece perfecto), es toda una aventura de novela y yo soy el primero que lo siente así. Sin duda estos últimos meses han dado un completo giro a mi anterior vida y a su consecuente rutina. Como siempre, espero vuestros comentarios o las dudas que os surjan de lo aquí relatado.


Era una noche tranquila y yo me encontraba paseando por los alrededores de la plaza Santa Ana. Unos pasos delante mía, un grupo de parejas avanzaba entre risas en dirección a la Calle Huertas, de la cual provenía un tenue y habitual murmullo festivo, ya que para todos aquellos que no conozcáis la zona (o Madrid en general), es una calle dominada enteramente por pubs y bares donde acude la juventud; uno de tantos rincones “de marcha” en la capital. En un recodo de la fachada más próxima dormía un indigente entre cartones y un poco más lejos dos hombres se besaban con lascivia.

Yo paseaba satisfecho, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón vaquero y “The other side of life” de los Moody Blues se filtraba desde los cascos hasta mis oídos. Había cenado hacía unos minutos y me sentía pleno. Para que os hagáis una idea de la sensación, imaginad una sesión de sexo salvaje, de esos encuentros que se extienden horas y los orgasmos se repiten en oleadas sólo medibles por la escala de Richter. Un seco dulzor empalaga la boca, los brazos caen laxos en los costados, el abatimiento se convierte en poesía y cualquier necesidad se desvanece. Al menos es la comparación más indicada que encuentro cuando recuerdo mi anterior vida. Incluso fumaba el cigarrillo estereotipado, aunque como siempre por puro divertimento al observar el humo, ya que la nicotina (como es de suponer) no me proporciona efecto alguno.

En esas estaba yo, disfrutando del paseo aderezado con ese sutil éxtasis, cuando le vi. Estaba apoyado en una farola, vestía de colores vivos, a la moda. Una corta melena sujeta en una coleta y la mirada clavada en mis andares. Le reconocí al instante como “uno de los míos” (qué mal me suena esto). Caminé hasta él y comenzamos a hablar.

Charlamos durante horas sobre nuestros pasados e intercambiamos opiniones sobre temas de actualidad. Supe que había llegado unas noches atrás a la ciudad y se hospedaba en un hotel del centro. Como sabéis, mi vida no está precisamente plagada de este tipo de encuentros, por lo cual, mi entusiasmo estaba disparado, y así, estúpido de mí le invité a hospedarse en mi casa durante el tiempo que estuviese en la ciudad.

Dos noches después, mientras yo ojeaba en la terraza de mi piso un periodicucho y me enervaba por las estúpidas cuestiones políticas, este tipo (cuyo nombre no importa lo más mínimo) salió a la terraza y me preguntó acerca del blog (el anterior a este). Yo me enfurecí considerablemente por su intromisión en mi privacidad al haber usado mi pc. Él se limitó a sonreír para segundos después abalanzarse sobre mí.

No recuerdo mucho de lo que pasó, él tiene más edad y me apalizó sin yo poder oponer resistencia, sólo sé que desperté la noche siguiente atado en mi cama. A mis pies estaba mi gata, muerta, con la cabecita apoyada en mis tobillos. Había estado muy enferma y estaba muy débil, pero no fue la enfermedad quien se la llevó, más tarde constaté que lo hizo un golpe que se llevó durante la pelea. No sé bien si fue él quien la puso a los pies de la cama, o ella misma agonizante llegó hasta ahí, sólo espero que esté bien allí donde esté.

Intenté soltarme sin éxito, maldiciéndome por mi estupidez, aturdido y descolocado. Instantes después, escuché voces provenientes del pasillo, una mujer hablaba con él, ambos reían. Se burlaban de mí, bromeaban con la situación. Puse atención en sus palabras y escuché que la mujer decía lo siguiente “¿Puedo quedarme aquí, contigo? Estoy harta de ella”. Él dijo que sí y tras unos segundos de silencio ambos entraron en mi habitación.

......................


Espero que me perdonéis, pero dejaré aquí el relato de lo acontecido, continuaré en la próxima entrada del blog. Mi pareja (a la cual pronto conoceréis), acaba de entrar por la puerta acompañada de otras dos mujeres y como comprenderéis (especialmente los hombres, estoy seguro) esto promete diversión. Mis más sinceras disculpas.


Un intenso saludo para todos.


lunes, 7 de septiembre de 2009

Instantes.

He de admitir algo. Es algo que nunca he compartido, ni siquiera conmigo mismo. Lo he negado infinitas veces, tan efímeras que ni siquiera puedo decir que fueran momentos reales y/o conscientes.

Imagino que, en cierta medida, es algo común. Por lo cual, quizá muchos de vosotros habéis sentido o sentís a menudo "sensaciones" parecidas. Si este es el caso, es posible que lo que cuente sea entendido, aunque me temo que ni así sea posible. Al fin y al cabo, hay ciertas cosas que no se pueden explicar con palabras, y si a esto le añadimos mi dudosa capacidad narrativa, lo más probable es que todo quede en un galimatías de frases sin sentido. De cualquier modo, creo que intentarlo es un buen comienzo para este "renacer".

Los años pasan con una premura desmesurada. Las noches se funden en una sola, infinita, interminable. Podríais creer que todo es un divertimento tras otro, una sucesión de instantes intensos tan constante como las estrellas del firmamento, tan atractivo como las leyendas y cuentos que os han contado. Pero no, esa infinitud suele estar repleta de silencios, de momentos aletargados en una rutina tan enfermiza como el pitido eléctrico del televisor, resonando sin cesar en los oídos una vez apagado.

Las aventuras violentas, de esas tantas veces filmadas, como locuras constantes en un cuerpo que nunca se cansa de pedir (ni de recibir) quedan reservadas para los seres de opereta, para esos que aún visten de chaqué o con capas aterciopeladas. Aunque estos, cuando salen de escena, se quitan la dentadura postiza y se apresuran a comer un buen plato de carne en su salsa (por ejemplo). La realidad es bien distinta, y maldita sea, mi dentadura no se despega ni con espátula.

¿Cómo no voy a sonreír de medio lado al ver los habituales mensajes de cabecitas inmaduras, alocadas e ignorantemente soñadoras, que claman por convertirse en un icono, en un mito inexistente? Pero al fin y al cabo, de esto ya hablé meses atrás y ya conocéis mi postura, creo.

Espero que los que nunca leyeron el antiguo blog no piensen que soy un estúpido que reniega de su condición o que esto se convertirá en una entrada tras otra de clamurias y llantos de tristeza (otro manido cliché). En absoluto, me encanta mi vida, pues es la que tengo. Tiene sus cosas buenas y sus cosas malas, como la de todos. Aunque, ahora, quiero recalcar esa realidad insulsa para explicar el asunto del que por cierto, me estoy desviando.

Las horas pasan y pasan. Una noche se enlaza con otra. A menudo he perdido la noción del tiempo, especialmente en las épocas en que me he despegado completamente de cualquier medio informativo. De esas en que sencillamente te aburres de estar conectado al maldito sistema (a ver quién duda luego de mi juventud, je), en que la sociedad te repele como a un completo extraño y ni siquiera tienes ganas de hablar con nadie más de lo estrictamente necesario.

Es en estos momentos, caminando por alguna callejuela desértica en la madrugada, cuando lo he sentido. Es breve, tan breve como aquello que nunca ha sucedido, tan tenue como lo que jamás existió. Se produce en el instante en que todo se detiene, el viento cesa, el sonido se esfuma y todo se diluye deslizándose milímetro a milímetro por los pliegues de una mortaja de calma.

El olor, el olor sí perdura, metálico y huesudo en invierno, dulzón y sexual en verano. Aunque este también se queda estancado, encerrado en un mágico e invisible cubo de atemporalidad y sinrazón, pausado y ajeno.

Entonces llega ese susurro, golpeando como un mazo huracanado en la consciencia. ¿Nos trae respuestas? ¿Tal vez preguntas? No lo sé, pues ahora intuyo que en esos milisegundos de caótico ensueño reconozco cada rincón de mi ser, cada esquina del universo, y al mismo tiempo, no comprendo nada, no siento nada, no soy nada. Pero tras esa "voz", unos ojos inexistentes se ciernen sobre mi cuerpo desde un abismo indecible y sé (sí, no lo creo, lo sé), que no estoy solo.

No hay conclusión teológica, filosófica ni sentimental que aclare algo de esos segundos que se repiten muy de vez en cuando, quizá una o dos veces por década. Sólo sé que tal y como llegan, inundándome hasta ahogarme, se marchan, impolutos y sin dejar huella.

En fin...

Lo "peor" de todo es tener en este mismo instante en que escribo un maldito ángel de sonrisa eterna, burlándose de mis ínfulas de bohemio, de mis locuras y desvaríos nocturnos habituales, y del uso que doy a todas estas palabras, cuando podría perfectamente haber empezado por saludaros a todos los viejos conocidos y a los nuevos por conocer. Quizá incluso podría haberme presentado de nuevo, o tal vez debería haber explicado de qué tratará el blog y el por qué de su título.

Pero ante esta nueva oportunidad me he sentido libre de nuevo para cabalgar entre las letras y mis viejos dedos han sido los guías, no yo. Disculpadlos a ellos si esperabais algo diferente en este nuevo primer contacto.

Habrá tiempo para explicar todo lo sucedido hace meses, tiempo para que la conozcáis a ella y por supuesto, para seguir compartiendo entre todos un pequeño espacio virtual.

Mi más sincera bienvenida a todos, es un inmenso placer volver a estar aquí.

Un cordial saludo.