Esta noche contaré lo que tantos ya me habéis preguntado, el motivo de mi desaparición. Para los que leáis esto sin haber conocido el anterior blog debéis saber que lo que aquí cuento ha ocurrido hace tan sólo unos meses. Debo decir que esta historia es larga y seguramente de las más increíbles para todos aquellos que cuestionan la veracidad de lo que cuento (que alguno había en el viejo blog, por lo que seguro lo habrá en este, y me parece perfecto), es toda una aventura de novela y yo soy el primero que lo siente así. Sin duda estos últimos meses han dado un completo giro a mi anterior vida y a su consecuente rutina. Como siempre, espero vuestros comentarios o las dudas que os surjan de lo aquí relatado.
Era una noche tranquila y yo me encontraba paseando por los alrededores de la plaza Santa Ana. Unos pasos delante mía, un grupo de parejas avanzaba entre risas en dirección a la Calle Huertas, de la cual provenía un tenue y habitual murmullo festivo, ya que para todos aquellos que no conozcáis la zona (o Madrid en general), es una calle dominada enteramente por pubs y bares donde acude la juventud; uno de tantos rincones “de marcha” en la capital. En un recodo de la fachada más próxima dormía un indigente entre cartones y un poco más lejos dos hombres se besaban con lascivia.
Yo paseaba satisfecho, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón vaquero y “The other side of life” de los Moody Blues se filtraba desde los cascos hasta mis oídos. Había cenado hacía unos minutos y me sentía pleno. Para que os hagáis una idea de la sensación, imaginad una sesión de sexo salvaje, de esos encuentros que se extienden horas y los orgasmos se repiten en oleadas sólo medibles por la escala de Richter. Un seco dulzor empalaga la boca, los brazos caen laxos en los costados, el abatimiento se convierte en poesía y cualquier necesidad se desvanece. Al menos es la comparación más indicada que encuentro cuando recuerdo mi anterior vida. Incluso fumaba el cigarrillo estereotipado, aunque como siempre por puro divertimento al observar el humo, ya que la nicotina (como es de suponer) no me proporciona efecto alguno.
En esas estaba yo, disfrutando del paseo aderezado con ese sutil éxtasis, cuando le vi. Estaba apoyado en una farola, vestía de colores vivos, a la moda. Una corta melena sujeta en una coleta y la mirada clavada en mis andares. Le reconocí al instante como “uno de los míos” (qué mal me suena esto). Caminé hasta él y comenzamos a hablar.
Charlamos durante horas sobre nuestros pasados e intercambiamos opiniones sobre temas de actualidad. Supe que había llegado unas noches atrás a la ciudad y se hospedaba en un hotel del centro. Como sabéis, mi vida no está precisamente plagada de este tipo de encuentros, por lo cual, mi entusiasmo estaba disparado, y así, estúpido de mí le invité a hospedarse en mi casa durante el tiempo que estuviese en la ciudad.
Dos noches después, mientras yo ojeaba en la terraza de mi piso un periodicucho y me enervaba por las estúpidas cuestiones políticas, este tipo (cuyo nombre no importa lo más mínimo) salió a la terraza y me preguntó acerca del blog (el anterior a este). Yo me enfurecí considerablemente por su intromisión en mi privacidad al haber usado mi pc. Él se limitó a sonreír para segundos después abalanzarse sobre mí.
No recuerdo mucho de lo que pasó, él tiene más edad y me apalizó sin yo poder oponer resistencia, sólo sé que desperté la noche siguiente atado en mi cama. A mis pies estaba mi gata, muerta, con la cabecita apoyada en mis tobillos. Había estado muy enferma y estaba muy débil, pero no fue la enfermedad quien se la llevó, más tarde constaté que lo hizo un golpe que se llevó durante la pelea. No sé bien si fue él quien la puso a los pies de la cama, o ella misma agonizante llegó hasta ahí, sólo espero que esté bien allí donde esté.
Intenté soltarme sin éxito, maldiciéndome por mi estupidez, aturdido y descolocado. Instantes después, escuché voces provenientes del pasillo, una mujer hablaba con él, ambos reían. Se burlaban de mí, bromeaban con la situación. Puse atención en sus palabras y escuché que la mujer decía lo siguiente “¿Puedo quedarme aquí, contigo? Estoy harta de ella”. Él dijo que sí y tras unos segundos de silencio ambos entraron en mi habitación.
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Espero que me perdonéis, pero dejaré aquí el relato de lo acontecido, continuaré en la próxima entrada del blog. Mi pareja (a la cual pronto conoceréis), acaba de entrar por la puerta acompañada de otras dos mujeres y como comprenderéis (especialmente los hombres, estoy seguro) esto promete diversión. Mis más sinceras disculpas.
Un intenso saludo para todos.